La magia del dolor

Contar o callar

Es extraño tener la necesidad de hacer de la propia vida un relato. Querer compartir la angustia, el dolor de lo acontecido a modo de acercarnos el remedio.

Alguna vez leí que “Todas las penas son soportables si las transformamos en relatos”. Ante lo que nos duele, ante el horror, sentimos la necesidad de contar.

Contar o callar.

Esos opuestos se confrontan ante la indecisión.

Contarlo es darle vida en la mente de otro, es quitarle peso y achicar su dimensión subjetiva. Compartir esa experiencia dolorosa logra su transformación emocional y llegamos a cambiarle la forma al dolor, a la pena. La amoldamos para que duela menos, para que sea menos incómoda la carga. Es como si el haber hecho parte a alguien más de nuestro dolor, doliera menos. Lo reducimos.

Tras la confesión de la angustia viene un sosiego sorprendente. Una sensación de alivio abstracto que el cuerpo siente y por eso logra relajarse, renacer de algún modo, desde otra perspectiva.

Algunas personas lo cuentan en forma oral a un amigo o amiga, a alguien que le genere confianza. Otros, como es mi caso, lo contamos en un papel, lo transformamos en relatos, camuflamos la angustia, la pena, en historias.

En ambos casos, tras atravesar ese desahogo, experimentamos el consuelo, el descanso y posiblemente lleguen los suspiros.

Callar, sin embargo, logra acumular emociones. Llenar el interior de dolor, de angustias que van horadando en silencio nuestro cuerpo, hasta que comprometemos nuestra salud. Nos llenamos de ira, de rencores, de sentimientos de venganza que sólo complican el bienestar de nuestro cuerpo.

Las emociones incómodas que no salen, no mueren dentro de nosotros, se transforman en enfermedades. Por eso es tan importante soltarlas, dejarlas salir para observarlas con otra perspectiva.

Si no tenemos a nadie en quien confiar determinadas situaciones, debemos escribirlas en un papel. Como relato si es el modo de contarlo o simplemente como lo estén pensando, sin la intencionalidad de que llegue a ser leído por nadie más que ustedes mismos. Pero déjenlo salir, liberen la pesadez interna antes que sufra una transformación difícil de extraer.

El dolor tiene la magia de hacernos crecer, de reinventarnos una y otra vez, por eso debemos liberarlo.

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