No hay olvido

Escucho tu risa a lo lejos y todo mi entorno se desdibuja, como un cuadro fresco bajo la lluvia.

Mi piel se estremece ante el recuerdo y el pecho oprimido busca entre movimientos cada vez más lentos, algo que lo devuelva a la vida.

Acordes suaves acompañan este ir y venir de las olas bajo el manto iluminado de una luna inescrupulosa que ilumina mis lágrimas sin pudor ni gloria.

Son tan fugaces los instantes que apenas quedan resabios detrás de los párpados para poder recrear uno en la memoria. Han pasado los años y tu rostro es siempre el de un niño dormido entre mis brazos.

No voy a imaginarlo sin vida porque los niños sin vida no son niños, pero lo traigo a mi memoria corriendo descalzo mientras resbala el dolor ensangrentado por el tobogán de mi garganta para fundirse en el ácido insensible de mi estómago y allí se queda escondido intentando el olvido.

Las sombras que proyecta la luna siempre son enormes, recuerdo que decías que una ardilla parecía un dragón y los huecos entre las hojas de los árboles un enorme monstruo que se asomaba en tu ventana para preguntar quién soy.

Reíamos por cada cuento que resucitabas entre las páginas y tu voz ronquecina y dulce.

Y es que las olas del mar te contienen de algún modo y puedo recrear tu cuerpo corriendo y saltando como una rayuela que te lleva al cielo.

Escucho tu risa a lo lejos, entre gaviotas que callan como si comprendieran mi dolor.

Hoy no tengo voz. No tengo distancias. No tengo olvidos.

Hoy somos vos y yo en esta playa solitaria y fría, buscándonos…

2 comentarios sobre “No hay olvido

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