¿Tan fácil dejaremos que nos roben la vida?

Hace tiempo que una de las frases que más escucho es “No tengo tiempo” o “El tiempo no alcanza para nada”.

Hemos normalizado la prisa y la convertimos en una característica de nuestra vida cotidiana. Pareciera que ya no existen espacios vacíos entre tantas cosas que hacemos o pretendemos hacer. Pareciera que desde que abrimos los ojos ya nos falta tiempo.

Nos higienizamos rápidamente para no llegar tarde al trabajo. Apenas si nos sentamos a desayunar tranquilos, mejor es llevarnos un vaso de café y lo vamos tomando en el camino. No tenemos tiempo para compartir el desayuno escuchando a nuestros hijos, a nuestra pareja o a nuestros padres. Todo es más urgente que los afectos.

No tenemos tiempo para mirarnos a nosotros mismos a los ojos, mientras nos peinamos al menos, dirigirnos palabras amables porque detenernos unos segundos en nosotros es inútil y nos quita tiempo.

Al único que le sobra nuestra atención es al celular que se ha convertido en la extensión de nuestro cuerpo y no podemos quitarle la mirada de encima, como cuando nos enamoramos por primera vez o vimos por primera vez a nuestros hijos fuera del vientre. Me atrevería a decir que hoy el teléfono móvil tiene mucha más atención de nuestra parte que nuestros propios hijos, que nuestra pareja, que nuestros padres y amigos.

Hemos normalizado la incomunicación y luego nos sentimos ansiosos por comunicarnos. Nos alejamos de lo que nos mantiene vibrantes porque el tiempo no alcanza. No alcanza ni siquiera para pensar. Pensar nos insume tiempo. Un tiempo exquisito si lo que queremos obtener son buenas ideas, buenos pensamientos. Si queremos proyectar.

Vivimos sumidos dentro de una realidad vacía que nos roba el tiempo de nuestro disfrute como personas, nos roba la emoción de sentirnos vibrar, nos roba hasta los besos.

Cuantas personas dan más besos a través de emojis que con sus labios. Cuantas más sonrisas repartimos en dibujos que en sonoras carcajadas. Cuanta violencia e insultos nos atrevemos a escribir cobardemente tras una pantalla porque es más fácil herir sin dar la cara.

Los tiempos cambian, es verdad y nos vamos adaptando a esos cambios, pero me resisto un poco a pensar en que llegará el día en que nuestro tiempo será tan limitado que los abrazos serán una simple X, los besos nos lo darán unos dibujos de labios y sentiremos las caricias a través de un traje lleno de sensores donde la realidad virtual nos habrá robado hasta el último minuto de sensaciones vividas y con ellas nos habrán robado la vida.

Me resisto a pensar en que llegaremos a ese momento en que no habrá tiempo ni siquiera para darnos un beso porque todo estará dentro de esa cajita llena de vacíos, que enchufamos una vez al día y se roba de a poco nuestra vida.

A modo de ejercicio para reflexionar les propongo poner en una balanza por un lado la cantidad de tiempo que le dedicamos a los afectos reales, a la escucha atenta y por otro lado colocar las horas dedicadas a nuestro celular. Luego saquen sus propias conclusiones.

¡¡Hasta el viernes!!

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