Si tragas tus emociones terminarás ahogado

Cada uno de nosotros ha aprendido a sobrevivir dentro de una sociedad apresurada, donde pareciera que mostrar lo que nos pasa o hablar de ello, es sinónimo de debilidad. Hemos construido muros delante nuestro para protegernos, y esos muros lucen bien pintados y cuidados de cara al exterior, pero internamente están llenos de moho, manchados, agujereados, cayéndose a pedazos. Inventamos fachadas maravillosas de una vida que no tenemos y que, muchas veces, es difícil de sostener.

Mostramos nuestra mejor cara a cambio de aceptación, competencia, fortaleza, sin tomar consciencia del gran deterioro interno que nos ocasionamos. Deterioro imperceptible hasta que sentimos esa presión en el pecho que nos quita el aire y nos termina ahogando en nuestro propio silencio. Muchos de nosotros elegimos tragar nuestras emociones sin darnos cuenta que terminamos ahogados por ellas.

Cada vez nos cuesta más expresar lo que sentimos realmente. El problema está en que, si no exteriorizamos nuestras emociones, terminaremos enfermándonos. El temor a no decir lo que sentimos por miedo a caer en el ridículo o por la incapacidad para expresarlo, termina enquistando nuestro interior. Las emociones que no expresamos se irán acumulando hasta convertirse en sombras que deambulan por nuestro cuerpo, perturbándolo. Y ni hablar de lo que esto significa en nuestra mente, con el rumiar incesante del pensamiento, de las palabras no dichas, del pensar siempre en el otro.

Y nosotros ¿cuándo?

Siempre es más importante lo que diga, piense o sienta el otro. Y así vivimos cada día, pretendiendo no alterar el entorno pasivo y «pacífico» que construimos para no irrumpir groseramente en la vida de los demás mientras tragamos lo que nos irrita, lo que nos lastima, ahogándonos en nuestra propia emocionalidad, quedándonos huérfanos de nuestra propia soledad.

Tenemos la costumbre de dejar para después lo que nos afecta directamente. Postergamos nuestro bienestar para evitar una discusión, elegimos seguir en una zona de disconformidades convertida, por la rutina. en una zona de confort, para evitar el incomodidad del reordenamiento de las cosas.

La pregunta es ¿Por qué callamos y toleramos tanto? ¿Por qué no hablamos antes de lo que nos pasa? ¿Por qué insistimos en reprimir nuestras emociones sabiendo que los únicos dañados somos nosotros?

Cuando uno no es capaz de enfrentar una situación, espera a que el otro lo haga. El problema es que muchas veces el otro ni siquiera es consciente del daño provocado. Entonces, el miedo a enfrentar, nos lleva a callar. Y callamos tanto que la mayoría de las veces, terminamos sin voz.

Por eso es importante hablar a tiempo. Resolver los problemas cuando se presentan, no dejarlos para mas tarde, porque una vez postergado, ningún momento volverá a ser apropiado para volver sobre ello, hasta que un chispazo encienda la mecha y detone una bomba recargada por pensamientos rumiantes y situaciones del pasado no resueltas, que harán una explosión masiva de sentimientos difíciles de controlar y palabras hirientes que nunca más se podrán borrar.

Deténganse un momento y piensen: ¿Qué situación los está ahogando en este momento? y traten de encontrar una respuesta salvavidas. Aun están a tiempo.

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