La hormiga

Relato para reflexionar

Photo by Elina Sazonova

No sé en qué momento se hicieron las doce. Tenía que terminar unos planos para entregárselos al cliente antes de las seis de la tarde y aun no lograba resolver el diseño de la escalera extravagante que me habían pedido. Necesitaba más metros, pero tampoco podía achicar tanto la cocina. Mi hija salía del jardín a las doce y cuarto. Le envié un mensaje a la maestra para que me esperara unos minutos. Nuria tiene cuatro años y es muy paciente conmigo. Sabe que su mamá trabaja en la casa y que tiene poco tiempo para jugar con ella, por eso regresamos del jardín caminando y aprovechamos para conversar de su día. Es el único momento que tenemos juntas. Había olvidado mi promesa de llevarla a comer hamburguesas y la regañé cuando me preguntó en la puerta del jardín si iríamos al shopping. No puedo perder tiempo, le dije tomándola de la mano y cambiando bruscamente su rumbo. Mi cabeza no dejaba de hacer cálculos y pensar posibles soluciones para que entrara la escalera en ese maldito hueco. Nuria no paraba de hablar.

—No sé de qué me estás hablando, pero apuremos que tengo que terminar un proyecto. —Le dije como si entendiera lo que era un proyecto. Yo estaba enojada con la vida. Todo me salía mal últimamente.  Mi marido se habia ido con otra, no me pasaba un solo peso y necesitaba cubrir muchos gastos. Mi madre, jubilada, no podía ayudarme, aunque quisiera. Dependía de mí que no nos faltara nada. De pronto, me di cuenta que caminaba sola. Giré rápido la cabeza y Nuria estaba en cuclillas mirando el cordón de la vereda.

—Vamos peque, tengo que terminar un plano.

—Mira mami, la hormiga lleva una hoja más grande que ella. ¡Qué fuerzuda que es!  —respondió ignorando mi pedido.

—Sí, si es muy fuerte la hormiga, ahora vamos que tengo que llegar rápido —dije minimizando su hallazgo.

—No mami, esperá, a ver adónde la lleva.

—Seguro que al hormiguero. La hormiguita esta apurada como mamá. ¡Vamos!

Y de un tirón la forcé a pararse y a caminar rápido. Nuria forcejeó con el ceño fruncido y me dijo con voz firme:

—¡Quiero ver a la hormiga! Siempre me apuro y vos nunca jugás conmigo. Quiero ver adonde lleva la hoja, nada más.

Tenía razón. Siempre la postergaba. Sus ojos almendrados me miraban suplicando y no me pude resistir.

Durante quince minutos seguimos a la hormiga que transportaba la hoja, sorteando todos los obstáculos. A veces frenaba su paso. Como si se diera cuenta que la estábamos observando. Rodeaba las piedras, atravesaba palitos secos, subía y bajaba por pequeños pozos hasta que la hoja se le cayó. Observé a Nuria en ese momento y su cara de preocupación por saber qué iba a pasar era la fotografía más bella del día. De pronto giró a verme.

—¡Mamá! ¿Qué hacemos? Pobrecita, ¡se le cayó!

—No hacemos nada. Ella vendrá a buscarla ¿ves? Ahí dio la vuelta.

La hormiga daba vueltas alrededor de la hoja ante la mirada firme de sus admiradoras. En un instante, se sumergió por debajo y ¡zas! La levantó de nuevo. Parecía que necesitaba recuperar el tiempo perdido por lo rápido que caminaba.

De pronto un chico apareció corriendo. Me asusté pensando en tantos delincuentes que andan dando vueltas y tomé a Nuria de la mano y la apreté contra mi cuerpo. El chico pasó sin mirarnos siquiera, haciéndole señas al colectivo que venía por la avenida. Suspiré y buscamos a la hormiga que parecía se habia apurado aprovechando el momento de distracción de sus seguidoras.

—¡La pisaste, mamá! —me dijo enojada.

—¿Cómo que la pisé? —respondí cuando al fin encontré a la hormiga agonizando, con su carga volcada al costado de mi zapatilla. No supe qué decir. Nuria tenia lágrimas en los ojos y yo sentía ganas de reír al ver su reacción, hasta que logré controlarme.

—¿Y si tenía hijitos que esperaban esa hoja para comer?

—La pisé sin querer, no me di cuenta. —No sabía qué decirle.

Agarró la hojita y tapó a la hormiga. Caminamos en silencio hasta la casa. Almorzamos juntas mirando unos dibujos animados.

—Andá tranquila a terminar, la abuela me enseñó a lavar los platos.

Recordé a la hormiga y miré sus ojos sabios que esperaban la aprobación de su ofrecimiento.

—No, mi amor, los platos los lavo yo, pero antes vamos a ponernos ropa cómoda y vamos a jugar al patio.

Sus ojos se agrandaron de la emoción.

—¿Tenes tiempo para jugar conmigo? —preguntó con una gran sonrisa en los labios.

Saque un chupetín de mi cartera y pasamos una tarde maravillosa.

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