La conversación en vías de extinción

Cada vez que alguien me invita a tomar un café para conversar me siento motivada porque pocas cosas hay tan placenteras como el tener una buena conversación. Las conversaciones nos ayudan a crecer mental y emocionalmente, siempre nos dejan algo en qué pensar por sobre todo nos ayuda a mantener el feedback y la atención en el tema elegido para desarrollar. Hay conversaciones triviales, lo sé, pero siempre que una conversación está bien construida y es bien llevada, se va pasando de la trivialidad a temas que son un verdadero placer, a intercambiar ideas, a encontrarnos muchas veces con historias increíbles que nos hacen conocer otros mundos, internos y externos, y que , en definitiva, nos hace crecer.

O al menos eso era conversar hace un tiempo.

Hoy en día este hábito tan enriquecedor va perdiendo terreno gracias al mal uso o el abuso de la tecnología. Es común ver reuniones de personas amigas que no hablan entre sí, pareciera que se juntan para mirar cada uno la pantalla de su móvil, mostrándose videos o fotografías cada cierto tiempo, disfrutando del atropello que ejerce la imagen sobre la palabra.

Ya nadie habla. Hoy texteamos. Preferimos teclear o mover los pulgares a mirarnos a la cara. Mensaje va, mensaje viene, y así se va reemplazando la magia de la conversación en persona por una comunicación donde una imagen nos besa, nos guiña un ojo y nos dice que todo estará OK.

La tecnología comenzó a silenciarnos y apenas nos damos cuenta. Nos fue alejando hasta de nuestros propios silencios, aquellos que teníamos antes de dormir, que en realidad eran conversaciones internas con nosotros mismos. Veo a mis hijas que se duermen con el teléfono en la mano, jóvenes que ya deciden sobre sus vidas, y no estoy segura de cuantas conversaciones consigo mismas les ha robado la tecnología. Momentos donde planeábamos nuestro futuro, resolvíamos situaciones o simplemente nos conocíamos un poco más.

Es lamentable ver cómo las generaciones más jóvenes tienen pánico a la conversación. Lo veo seguido en WhatsApp, cuando luego de un extenso y agotador “ping-pong”, pido tregua y pregunto: “¿Puedo llamarte?”. Siento una pausa incómoda en la que es posible adivinar un cierto horror, un vacío que no puede interpretarse sino de una sola forma: No quiere que lo llame. Como si la pregunta hubiera sido un completo atrevimiento. Entonces se retoma el ping pong de mensajes infantiles, muchas veces disculpándonos por la pregunta y apresurando el final de la comunicación.

Sherry Turkle, psicóloga y socióloga del instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), estudia desde hace treinta años, de qué modo las nuevas tecnologías fueron cambiando la forma en que nos comunicamos. En su libro “En defensa de la conversación. El poder del habla en la era digital” demuestra que los más variados tipos de conversación, entre amigos, parejas, familia y hasta los diálogos que mantenemos con nosotros mismos en soledad, han sido erosionados por la tecnología.

“Estamos perdiendo el hábito de conversar cara a cara”, dice Turkle. Textear –el diálogo editado, a distancia y por turnos– es menos riesgoso, más limpio y menos demandante. Pero no es gratis. El eclipse sutil de las conversaciones cara a cara pone en jaque mucho de lo que nos hace humanos, empezando por la capacidad de sentir empatía y leer las emociones de los otros.

La conversación atenta de los padres con sus hijos, por ejemplo, les permite a los chicos verbalizar sus sentimientos y desarrollar la confianza y la autoestima, además de la empatía, pero está gravemente en vías de extinción. Sherry Turkle detectó un círculo vicioso que aterra emocionalmente: “Los padres les dan celulares a sus hijos. Los chicos no logran que sus padres dejen sus teléfonos, así que se refugian en los suyos. Después, los padres usan esa concentración de los chicos en sus celulares como un permiso para estar con sus dispositivos todo lo que quieren”.

Y así vamos alejándonos de los afectos, convirtiéndonos en desconocidos viviendo bajo el mismo techo, donde cada vez estamos más irritables, menos comprometidos, más vulnerables.

La tecnología está haciendo algo más que reconfigurar la forma en que conversamos, está transformando muchas de las suposiciones que hacen posible una verdadera conversación.

Salvemos la conversación

Conversar es sintonizar con la frecuencia del otro. Es tener empatía ante la mirada de frente, observar el lenguaje corporal de la persona que tenemos delante es parte de esa conversación exquisita a la que tanto se teme enfrentar hoy.

Cuantas veces nosotros hemos enviado un mail o un mensaje de texto para evitar enfrentarnos a una conversación incómoda, que nos obligaría a pensar más, a encontrar un lenguaje resolutivo, a manejar nuestros impulsos. Cuantas veces elegimos escondernos detrás del teclado para evitar la escucha e imponer nuestro pensamiento. Todos estamos aportando un granito de arena para que cada día el exceso de comunicación nos deje incomunicados.

Pero no debemos perder de vista que las generaciones más jóvenes, los que ahora son niños y ya tienen un celular propio entre sus manos, son los que más riesgo corren en crecer ausentes de comunicación. No podemos permitir, los que crecimos con el poder de la conversación, que ellos prescindan de ella. Debemos enseñarla, porque sostener una buena conversación no es tarea fácil, y por todos los beneficios que implica entablar una conversación:

  • Permite ampliar nuestro vocabulario, tener un lenguaje más complejo, más pensado.
  • Nos amplifica el poder de atención y de escucha atenta.
  • Nos obliga a leer para tener buena argumentación.
  • Nos otorga seguridad. Una persona que no sabe tener un buen diálogo difícilmente pueda tener seguridad al momento de entablar una buena conversación.
  • Y no olvidemos que el éxito también depende de sabernos expresar con el otro, de saber comunicarnos.
  • Trabajamos la paciencia, la diplomacia, la aceptación de ideas diferentes.
  • Nos incentiva a gestionar mejor nuestras emociones.

Y seguramente hay muchos beneficios más como el respeto.

Hoy se ha perdido hasta la capacidad de escucharnos con respeto. Hay un problema de escucha. Tanto en la conversación pública como en la privada. Y sin escucha no hay conversación posible. No hay empatía, solo existe tiranía en el pensamiento y la urgencia de darle poder a la imagen vacía por sobre la palabra, las emociones y los sentimientos, y solo pensamos en el momento de volver a colocar la contraseña para que la bendita pantalla se ilumine y nos devuelva al escondite.

12 comentarios sobre “La conversación en vías de extinción

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  1. A veces nos gustaría conversar con determinadas personas pero resulta que, luego de encontrarnos con ellas, salimos despavoridos porque sólo hablan ellas y encima sobre sus tragedias y quejas varias. Entonces optamos por charlas breves e intrascendentes. Por otro lado, nos topamos con gente desconocida con los cuales se entablan conversaciones productivas y no quisiéramos que el tiempo vuele tan rápido.

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