Higiene emocional

Una mirada honesta hacia adentro

Estamos acostumbrados a la naturaleza de la higiene personal: limpiar el cuerpo o el cabello no nos es desconocido como tampoco el aseo y el orden de nuestra casa. Es impensable pasar días, meses o años sin ducharnos, sin barrer, sin lavar nuestra ropa. Sin embargo, nunca nos planteamos una limpieza emocional. Pocas personas se detienen a pensar en el estado de sus emociones, en el orden de su interior quizás porque hacerlo nos deja saber a dónde estamos parados en relación con nosotros mismos y los afectos elegidos.

Es posible que nuestro inconsciente nos impida ver la realidad. Ser conscientes de nuestro desorden emocional nos lleva a tener que ordenarlo, quitar lo que incomoda, lo que no nos hace sentir felices, en otras palabras, nos lleva a tomar decisiones. Tomar decisiones en el campo de las emociones no es fácil, pero nos hace saber por qué nos sentimos incómodos en determinados lugares, por qué nos molestan actitudes de la persona con la cual compartimos nuestro entorno, es decir que nos pone de frente a lo que no queremos ver.

Hacer higiene en las emociones nos coloca frente a una realidad que conocemos, pero no queremos aceptar y muchas veces elegimos ocupar el lugar de la víctima porque es el más cómodo y desde el cual podemos seguir manipulando y negando una realidad que no queremos ver a pesar de su obviedad. Es más fácil mirar hacia otro lado, culpar a otros de nuestro desorden emocional que hacernos cargo realmente de nuestras elecciones, que nadie más que nosotros nos descuidamos de aquellos rincones internos que en otro momento manteníamos brillando.

Cuando olvidamos por mucho tiempo mirar hacia adentro ese desorden se transforma en caos. Como una casa que por mucho tiempo no se limpia, o un ropero o un cajón que no se ordenan. Lo abrimos sólo para sacar lo necesario y lo cerramos rápidamente para no ver el desorden. Entramos y salimos rápido para esquivar la mugre acumulada. Ignorarlo no significa que no esté, que no existe.

Sabemos que está mal, y sin embargo elegimos esquivar su limpieza hasta que llega el día en que alguien nos sacude y nos hace ver la dejadez, la desidia en la que estábamos viviendo. Alguien nos pone en esa situación incómoda y nos obliga, de algún modo, a ordenar.

Primero nos enojamos y trasladamos culpas, porque, como dije antes, es más fácil culpar a terceros que hacer un mea culpa. Nadie quiere enfrentarse con sus equivocaciones, con sus propios fantasmas, con su indiferencia ante alarmas que sonaban y seguíamos eligiendo no escuchar. No es fácil aceptar las cosas que no hicimos a tiempo porque cerrábamos demasiado rápido los cajones para no ver el desastre que teníamos dentro. Pero debemos hacerlo. Tarde o temprano las emociones nos obligan a mirar hacia adentro, a ordenar y perfumar los rincones abandonados. Lo lamentable es que, si no lo vemos a tiempo, terminamos enfermando al cuerpo. Las emociones que no se manifiestan no mueren, son enterradas vivas y salen de las peores maneras.

Nos enfermamos porque no ordenamos sinceramente nuestras emociones. Preferimos acomodarnos en una realidad de mentira a enfrentarnos a la libertad que nos otorgan las emociones limpias.

Nosotros elegimos ordenar o mantener el desorden en nuestro mundo interior. Somos los únicos responsables.

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8 comentarios sobre “Higiene emocional

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