Un pequeño homenaje

A mi abuelo Arsenio

Naranjas

Cada domingo me tocaba pasear al abuelo Arsenio. Habia quedado ciego tras una operación de cataratas hace poco más de un año y la abuela María habia ideado un orden para que cada nieto siguiera con la costumbre que tenía desde hace años, de salir a caminar. Una hora antes de buscarlo tenía que leerle el diario y los obituarios. No salía a ninguna parte, sin antes saber si alguien que él conocía habia dejado este mundo.

Caminaba despacio. Muy despacio. Aun antes de perder la vista. Se tomaba su tiempo para hacer cada cosa con un margen muy grande de disfrute. La vida es un ritual, decía siempre, y como todo ritual, lleva su tiempo.

No comprendía muy bien sus palabras, ya que con mis once años lo único que deseaba era dejarlo de vuelta en su casa y correr a jugar a la pelota. Yo era arquera del equipo de mi hermano y ninguna pelota entraba en mi arco. No podía faltar al juego de los domingos por nada y tampoco podía cambiar la rutina con el abuelo con otros primos porque iba a la escuela por la mañana. y los sábados eran de limpieza general. Nadie salía de casa hasta que mamá daba el visto bueno a cada habitación. Y ese trabajo nos llevaba todo el sábado.

Su andar lento y pausado solía desesperarme. Ese apuro que llevamos de niños, en la urgencia de jugar, no interpreta las pausas del andar de la historia. No se detiene en cosechar pequeñas cosas, o en admirarlas.

Mi abuelo recolectaba historias. Instantes que habia guardado en su memoria durante tantos años. Como recolectaba las naranjas en las plantaciones de citrus. Una por una, cuidando que ningún gusano hubiera intervenido en su interior. Las cortaba paciente con una pequeña tijerita, las giraba sobre su mano mirando que el color y la superficie fueran parejos y las colocaba en una canasta. Las naranjas del campo de mi abuelo eran las más buscadas. Grandes, dulces y jugosas. Cuando no lograban vender toda la cosecha, la abuela María preparaba dulces o naranjas en almíbar.

Habían aprendido el oficio de agricultor y cocinera en la escuela de la vida, cuando un barco los trajo desde la añorada España huyendo de la segunda guerra. Allá la muerte era una urgencia.

Supongo que por eso aprendió a caminar lento. Quizás, dentro suyo sabía que aún faltaban perder cosas, por eso guardaba todo en su memoria.

La primera parada era la gran casona de don Martin Plasencia, su médico de cabecera. Sus ojos buscaban frente a la puerta la descripción que sus palabras narraban perfecta. Describía el relieve de las molduras, el marco de la puerta, que habia campana en lugar de timbre y que el buzón habia sido colocado tiempo después.

Luego era el turno de los escalones de cada cuadra. El paseo incluía la vuelta a tres manzanas. Y se paraba frente a las casas que tenían uno o dos escalones de ingreso. Era por las inundaciones, cuando el rio creció tanto que se llevó hasta los perros.

Cada árbol plantado en las veredas del pueblo tenía una historia. Yo admiraba cómo las recordaba todas. Cada calle, cada persona que se le acercaba a saludar, tenía una historia para contar. Como un pequeño homenaje, me las contaba cada domingo, en conmemoración al recuerdo. No podía ver, pero veía muchas más que todos.

Acompañaba su paso lento, la costumbre de llevar ambas manos tomadas por la espalda. ¿No te da miedo caer? Le preguntaba y respondía con una sonrisa tierna, cuando conoces bien el camino, aprendes a esquivar las piedras.

Reconocía el árbol de naranja agria con el árbol de naranja dulce. Árboles que él mismo habia donado al municipio para que los más humildes tuvieran una fruta en su mesa.

Confiaba tanto en su memoria que una sola vez recurrió a mis manos para atravesar la calle. Habían colocado bici sendas y tropezó con un cordón inesperado.

Me encantaba mirarlo: su boina marrón tejida a crochet por la abuela, su camisa blanquecina y su pantalón pinzado también marrón. Sus ojos verdes llevaban la profundidad de un lago misterioso y sus manos eran testigos mudos de su trabajo incansable.

Recuerdo la tristeza de sus últimos días. Una mala jugada del destino lo despojó de todos sus logros. Injustamente.

Dejó este mundo con la misma urgencia con que huyo de su querida España y nos dejó el paso lento, las anécdotas de las horas, el diario de cada mañana y las naranjas.

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