Sinfonía macabra

Relatos bélicos

Hace tiempo no amanece. Las luces se durmieron famélicas en el borde de las horas y la penumbra es un bosquejo en éste paisaje amarillento.

Sirenas terroríficas ponen en alerta mis sentidos. Salgo a caminar para despojarme de las sombras y, mientras sacudo con fuerza los brazos para quitármelas, trepan otras. Inesperadas, sin permiso.

Es intenso el momento en que los miedos toman con violencia el cuerpo. Como el movimiento del director de orquesta cuando levanta la batuta en su mano derecha. Una amplitud de gestos eleva mi percepción, me angustia. No me gusta esta música en volumen alto: atrofia mis neuronas.

Una sucesión de explosiones comienza a dibujar el Adagio en la peor partitura. Gritos distantes entrelazados con el estruendo de los derrumbes llevan la pieza a Moderato. Sin intermezzo, como los fantasmas que se adueñan de mi cuerpo. Miro desesperado a todos lados. Los latidos encumbrados no buscan acordes para apaciguar los miedos. La orquesta continúa la sinfonía con un rondo inmanejable de confusiones y corridas que me empujan al centro del infierno. Un niño con el brazo a medias corre pretendiendo ayuda. La música se vuelve tétrica e inmoviliza mis piernas. Detrás del niño, se eleva la ola expansiva de la última explosión. Es el acorde más alto. El niño vuela por el aire y su mirada se incrusta en mi alma.

Un ataúd dibujado yace en el silencio.

El silencio en música es una nota sin ejecución, como la vida del niño en la partitura de esta guerra.

Daño colateral dicen los que saben para minimizar el daño injusto.

La gran orquesta de tanques y bombarderos me devuelven de a poco, minutos de tempo Grave para hilar la idea que el maldito daño colateral jamás llega a los que declaran la guerra.

La línea indefinida del borde de las horas me da la información imprecisa acerca de las luces naranjas en el horizonte: ¿es el amanecer o es la línea de fuego?

En clave de fa se escribe la sinfonía macabra, llena de bemoles y silencios confusos dentro de escalas menores.

Sigo en la búsqueda de heridos con la conciencia partida y el corazón escondido.

Jamás pensé que la violencia del miedo podía desarmar un cuerpo. Camino en lonjas intentando recordarme entero.

No sé adónde voy porque algo de mí no va del todo.

Alrededor se percibe un vacío que se desmorona lento. Busco el botón de eyección pero no lo encuentro. Cadáveres putrefactos conspiran con el futuro accionar de los recuerdos.

Detrás de mis pupilas guardo un dibujo incompleto de mí mismo por si más adelante no me encuentro. Nadie sabe lo que siento, si es que siento. A nadie le importa cuánto muertos tengo.

Salí a caminar para despojarme de mis sombras y encontré a las hordas acribillando mi memoria.

Puedo ver nítida la línea del horizonte ahora: soldados enemigos avanzan abandonando el borde de las horas.

Vecca Preetz

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4 comentarios sobre “Sinfonía macabra

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