Obsesión

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La decisión estaba tomada. No habia vuelta atrás. Mariana habia pasado por siete tratamientos y no podía quedar embarazada. La trombofilia y la sangre espesa no permitían que sus embarazos avanzaran más allá de las nueve semanas. Estaba agotada de ilusionarse en vano, lo único que deseaba en la vida era ver su vientre crecer, experimentar la indescriptible sensación de dar vida.

Imagen extraída de We heart it

Habia hablado con Gabriel para probar otros métodos de concepción y, tras analizar diferentes opciones otorgadas por el obstetra, tomaron la decisión: subrogar un vientre para poder tener la sensación, egoísta sensación, de ser padres.

—¿Con tantos niños abandonados, tantos esperando ser adoptados, ustedes van a alquilar un vientre? Cuestionaban muchos, pero Mariana y Gabriel ya no escuchaban. Era mayor el deseo de tener entre sus brazos un bebé que llevara sus genes, su misma sangre que no importaba nada más.

Buscaron en internet todas las empresas que se dedicaban a este tema sumando opciones a las recomendadas por su médico y, tras semanas de reflexionar pros y contras, tomaron la decisión.

Mariana realizó un tratamiento donde le extrajeron óvulos. Una parte se congeló para utilizar potencialmente en el futuro y la otra se fertilizó con el esperma de Gabriel. Esos embriones fueron analizados para estar seguros que no había problemas cromosómicos y fueron congelados hasta que se decidió transferir dos embriones al útero de la mamá elegida como subrogante: Teresa.

Teresa era una joven de veinticinco años que habia encontrado en su vientre el modo de ganar dinero. Mucho dinero sin tener que hacer demasiado. O al menos eso es lo que pensaba. Ninguna de sus amigas ganaba en un año lo que ella en cada embarazo. El bebé de Mariana y Gabriel era su cuarta gestación y todo salía de maravillas. El laboratorio le tenía confianza, sabía que ese recurso humano era muy preciado puesto que no generaba problema alguno con los bebés. Su mente estaba al margen de los cambios de su cuerpo. Literalmente se consideraba una fábrica de bebes.

Los primeros meses de gestación son los más complicados ya que el embarazo se puede perder, pero no era el caso. La juventud de Teresa supuraba vitalidad por todos lados. Mujer y varón crecían sanos en el útero alquilado.

A los cinco meses Mariana podía sentir las patadas de sus hijos en el vientre de Teresa. La alegría abarcaba todo su cuerpo llenando esos profundos huecos que sentía ante la incapacidad de concebir. La felicidad colmaba toda su casa, desde la puerta de entrada hasta el jardín trasero. Una habitación preparada con dos cunas; una verde oliva y la otra violeta clara. Esos serían los colores elegidos para esperarlos.

Al entrar al sexto mes, Mariana y Teresa tenían una relación de hermanas. Habían congeniado de maravillas, a pesar que en el contrato una cláusula establecía mantener éstas relaciones con una prudente distancia. Ellas no podían. Algo las atraía como imanes. Mariana cuidaba de Teresa con una impecable obsesión y le daba en todos los gustos para complacerla, para que se sintiera cómoda. A cambio, Teresa le contaba, con detalles minuciosos, lo que sentía dentro de su cuerpo.

Un día Mariana le pidió a Gabriel si estaba de acuerdo en cumplirle un deseo: quería pasar una noche entera con sus dos niños. Necesitaba sentirlos cerca, hablar con ellos. Gabriel dudó en aceptar la idea ya que en el contrato firmado de vientre subrogado no existe ninguna cláusula que indique que la madre portadora de los fetos deba o pueda quedarse en la casa de los padres donadores de los embriones. Tampoco existía una cláusula que lo prohibiera. Se pusieron de acuerdo para que sea una sola noche. Hablaron con Teresa. La idea era que ella durmiera en la misma cama con Mariana y Gabriel, justo al medio, para que ellos pudieran conversar con sus hijos por la noche, acariciar su vientre y que de algún modo ambos bebés sintieran la presencia de sus padres. Teresa aceptó sin dudarlo. Con ninguna de las parejas anteriores habia tenido tanta empatía, eso sí: la empresa contratante no debía enterarse de nada o ella podría perder su trabajo.

Los nervios se dejaban ver en la cara de los tres. Pero era mayor la emoción de lo que habían planificado que todo lo demás. La experiencia primera.

Teresa tenía un camisón blanco traslúcido que permitía disfrutar mejor el tamaño de su vientre. Su cuerpo no habia engordado más que lo necesario. Tenía curvas perfectas y una mirada tan dulce que un sentimiento de protección surgió en el matrimonio. Dejaron que ella se recostara primero, luego se recostó Mariana del lado izquierdo y Gabriel al otro lado. Entrelazaron sus manos por encima del vientre de Teresa acariciando y hablándole a sus bebés.  Una extraña mirada que Gabriel derramó sobre los ojos de Teresa y Teresa sobre Gabriel al mismo instante, un impulso amoroso lo llevó a besar sus labios. Mariana observaba llevando una mano en una caricia delicada hacia un pecho de Teresa. Teresa giró suave soltando los labios de Gabriel para tomar los de Mariana. Esto excitaba de tal modo a Gabriel que levantó delicadamente el camisón para recorrer con su lengua el vientre abultado de Teresa y luego subió por los pechos de Mariana mientras ellas lo acariciaban desenfrenadas. En un sin pensar de los tres, terminaron envueltos entre pasión y lujuria.

Al amanecer, Mariana despertó primero. Le seducía la desnudez de su esposo junto a Teresa. Era exquisita. No podían haber elegido una mejor portadora. Caminó hacia el espejo que reflejaba su cuerpo casi completo y se paró de perfil. Imitando las posturas de Teresa, inclinó los hombros levemente hacia atrás, sacó vientre, luego apoyó sus manos sobre la piel desnuda y dándose caricias circulares susurraba como si los niños estuvieran allí. Volvió del instante al escuchar que su marido despertaba. Pasaron un día maravilloso. Compartieron el almuerzo y hasta se ducharon juntos cuidando siempre de Teresa y los bebés

Gabriel estaba cada vez más entusiasmado con aquella nueva relación que lo reencontraba de algún modo con Mariana. Los intentos vanos de embarazo habían logrado distanciarlos sembrando incertidumbre en el futuro de aquella unión.

De común acuerdo, pero sin conversarlo, Teresa compartía cada vez más horas con ellos.

Una noche, Gabriel besaba el costado del vientre recorriéndolo lentamente mientras acariciaba los pechos suaves de Teresa. Ella llevó sus dedos a la boca lamiéndolos sin quitar los ojos de Gabriel provocándole una erección que Mariana no podía dejar pasar. Y en una intensidad de emociones donde los fluidos se desplazaban por el cuerpo recostado y adorado de Teresa, llegaron juntos a un éxtasis inusual, incomparable, inolvidable.

Se quedaron dormidos. Los ojos de Mariana eran los únicos que no lograban cerrar del todo. Hacía varias noches de ésto, pero no dijo nada. Algo la inquietaba. ¿Qué pasaría cuando los niños nacieran y Teresa tuviera que marcharse?

Se levantó de la cama con sigilo para que ninguno despertara y fue a la cocina a preparar café. En ese momento Gabriel despertó y al ver que Mariana no estaba en la cama, fue a buscarla. Tras unos minutos de charla enamorada donde los besos y las caricias continuaban el juego sexual, Gabriel decidió tomar un baño.

Mariana se paró a los pies de la cama para disfrutar de la impecable belleza de Teresa una vez más. Era perfecta. Pero esa perfección comenzaba a molestar. Ella nunca se vería tan bella. Entonces recordó que en algún lugar de la casa tenía escondido un frasco de Ketamina. Cuando sentía angustia, esparcía un poco en un cigarro de marihuana y le ayudaba a volar, a evadirse de aquella realidad dolorosa que le provocaba no poderse embarazar.

Gabriel cantaba en el baño. Estaba contento. Mariana golpeó y le pidió entrar un momento. Hizo pis y al retirarse, quitó despacio la llave. Lo dejó encerrado sin que se diera cuenta, ensimismado en su canto.

Caminó con sigilo hasta la caja de primeros auxilios que se encontraba en uno de los estantes del vestidor y extrajo una jeringa. La llenó de ketamina y antes que Teresa se percatara del pinchazo, el líquido ingresaba por sus venas. Mariana le habia colocado cinta ancha en la boca para evitar que Gabriel pudiera escuchar algo.  

Esperó unos minutos a que la droga hiciera efecto y comenzó a cortar. Primero el bajo vientre de Teresa. Despegó la piel con cuidado, era importante que los bebes no se dieran cuenta. Mamá los estaba rescatando. Luego abrió un poco más para llegar al útero. Dulce y amoroso útero que podía albergar lo que su cuerpo no. Comenzó a besarlo desde el origen preciso de la vida. Luego se paró frente al espejo que colgaba al costado de la cama y cortó del mismo modo su bajo vientre. Levantó su piel y con un dolor que excedía su capacidad de pensar introdujo el cuchillo un poco más profundo hasta lograr despegar el músculo. Regresó a la cama. Teresa estaba dormida. O desmayada. O algo.

Gabriel había cerrado el flujo de agua y seguía cantando. Encendió la afeitadora, por lo que Mariana tenía unos minutos más.

Introdujo el cuchillo por debajo, bien abajo del útero. Necesitaba quitarlo completo para que sus bebés no sufrieran. ¿En dónde estarían mejor que en el seno de su madre? Cortó prolijamente toda la superficie circular, la levantó con mucho cuidado y la apoyó en su vientre. Ya están con mamá, dijo cortando la voz entre alegría y dolor. Pero el vientre de Teresa no encajaba en el hueco que habia improvisado en su cuerpo, lo apoyó despacio en el cuerpo de Teresa para que no perdieran calor y quitó algunos pedazos más de carne, logrando que la bolsa sanguinolenta cupiera perfecta.

Gabriel desenchufó la afeitadora. Y quiso salir del baño. Llamó a Mariana para que terminara con la broma golpeando apenas para no molestar a Teresa. Las dos primeras veces, Mariana le siguió el juego con respuestas bromistas. Luego no respondió más. Estaba ensimismada en su tarea camaleónica de poder verse embarazada. Ella era capaz de dar vida tanto como Teresa.

En un nuevo intento de introducir la bolsa gelatinosa que contenía sus hijos dentro, se dio cuenta que no entraba aún en su estúpido cuerpo. Quitó entonces algunas vísceras y empujó casi sin aliento. Recostada, con el útero de Teresa al fin dentro de su cuerpo giró la cabeza para mirarse en el espejo.

De una patada desesperada Gabriel rompió la puerta. Sus dos manos tomaron urgente la cabeza al ver el salvajismo de aquel cuadro espeluznante. Una convulsión en su pecho logró doblar su cuerpo hasta dejarlo arrodillado, nauseabundo, intentando encontrar una lógica a todo aquel desastre.

¿Qué hiciste amor? ¿Qué mierda fue lo que hiciste? —gritó desesperado sin saber qué hacer o a quién ayudar primero, con sus manos temblorosas extendidas hacia ella.

El corto aliento de vida que le quedaba a Mariana sirvió para mirarlo a los ojos con una enorme sonrisa y le dijo:

—¿Te gusta amor? Por fin estoy embarazada.

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