Camuflaje

Imagen tomada de Pinterest.

Caí al pozo hace mucho tiempo. Aún recuerdo tus palabras y la fuerza que usaste para empujarme.

Recuerdo el temor que me provocaba la caída mientras caía. Cada vez más profundo.

En la velocidad del vacío, mientras todos los jugos se resistían a la gravedad, mis ojos buscaban una cuerda que permitiera sujetarme y poder regresar a la superficie que con extrema rapidez se transformaba de círculo a punto hasta desaparecer.

El golpe fue inolvidable. Épico. La oscuridad también.

Sentí mis huesos quebrarse, uno por uno, mientras la bolsa de piel en que me habia transformado se acomodaba en el fondo del pozo.

Sentí a mi estómago explotar hasta convertirse en un agujero de lánguida acidez.

Mi garganta se convirtió en un hueco apto para alojar las piedras que encontraba. Dolía demasiado cuando se acercaban las palabras a suicidarse en mi boca.

Entonces dejé de hablar. De expresarme.

Mis manos, como guantes vacíos, no podían levantar siquiera un grano de arena.

El corazón, un pedazo de carne triturado, latía esmerándose para no verme morir.

Desmembrada.

Fragmentos de mí yacían sedientos de una tregua para volver a ser uno, por latir en un todo fuera de contexto.

Aprendí a sanar en silencio, de a poco. Experimenté, con mucho dolor, que las heridas no cierran con la urgencia que pretendemos. A veces se infectan, nos intoxican hasta pudrirnos la cabeza. Por suerte los días de lluvia son días de limpieza.

Pasaron los meses y fui mimetizándome con el pozo. Soy parte de él desde hace mucho tiempo, tanto que apenas recuerdo el dolor de la caída.

En la superficie nadie se percató de mi ausencia. Nadie extrañó mis sombras, mi voz o alguno de mis miedos.

Observar cómo pasa la vida desde el fondo me hizo dar cuenta que nadie mira hacia abajo. Todos pasan, rodean, pero nadie se detiene. Nadie tiende la mano cuando hay sangre en la otra mano.

Fue así como aprendí a ser invisible y esa invisibilidad me dio súper poderes.

Mi piel transmutó y me camufló con las paredes del pozo. Escamada, reseca con olor a lodo. Imperceptible.

Ayer fue inolvidable. Te vi discutir con alguien en el borde del pozo, trastabillaste y te vi caer. Desparramado en la inmensidad del vacío, aleteando sinsentido con ambos brazos extendidos, le dabas batalla al abismo evitando desmoronarte en mi mismo olvido.

Vi toda tu secuencia: primero tu cuerpo se rompía en mil pedazos, luego peleaste con las sombras y por último, intentaste renacer arrastrándote para juntar cada parte, en intentos de volver a ser. Pero no sabes qué hacer.

Yo te observo adherida al fondo, camaleónicamente camuflada, intentando no interrumpir en tus lecciones mientras con disimulo te alcanzo las vendas que, cuando eras alimaña, me arrojaste.

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