La impiadosa

Mi cuerpo es un laberinto compuesto por pasajes oscuros, atestado de puertas trampa y callejones sombríos que unos pocos se atrevieron a cruzar.

¡Malditos ellos que me obligaron exterminarlos!

Maldito sentimiento que entorpece lo ideal para burlarse de lo eterno.  

He cambiado las combinaciones de todos los candados y puse espejos en las esquinas para confundir a los extraños.

Nadie debe llegar al pasaje central donde guardo los pedazos que pude encontrar de lo que quedaba de mí antes del desquicio.

Otra vez el cambio. La transmutación. Evolución.

En las malas decisiones se gestan las aberraciones y va cambiando el dibujo de la huella digital de cada piel. Quizás cambiamos de piel y nos vamos vistiendo de aquellos monstruos que no queremos ser.

He cazado y despellejado el último fin de semana. En un frasco de formol he guardado los ojos del único que me reconoció. Tragué su corazón en crudo cuando supe que volvía con la misma intención y sin ninguna culpa arrojé su cuerpo a las fieras antes que ellas me tomaran por presa.

No siento nada. Ya no. El viento se llevó lo que quedaba y las hordas se atragantaron con mi sombra.

Tras la puerta de hierro habita otra. Usurpadora de cuerpos, asesina de momentos, la misma que me enseñó a vivir sin remordimientos, la que gana las batallas con sed de venganza, la que desayuna la carne de todos sus muertos y bebe los fluidos de sus pobres almas.

La impiadosa, que te invitará al laberinto para capturar su alimento con un único deseo: sentirse viva en medio de tantos muertos.

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