La oscuridad de sus ojos

Relato de suspenso

Durante el viaje en tren, un perfume diferente invadió mis sentidos. Venía de los vagones delanteros. Era intenso, tanto que alteró mis neuronas. Sentí la necesidad de buscar su origen, como si fuera un sabueso. Era una fragancia exquisita y perturbadora. Caminé por los pasillos guiado por mi nariz. Debía mantener tranquilos a mis nervios. Tres vagones era la distancia que me separaba de ella. Ahí estaba: iluminada, nívea, aferrada a la baranda, esperando la próxima estación para bajar. Podía ver de costado que una tierna sonrisa adornaba su rostro. Era perfecta.

Suspiré aliviado y avancé. Me detuve justo detrás para deleitarme con su perfume.

El tren frenaba su marcha. Ella se aseguraba de tener todo en orden para bajar. Dio un paso atrás y rozó su brazo con el mío. Disculpe, dijo con una voz tan dulce que estremeció todo mi cuerpo. Su perfume y su voz me hicieron sentir vivo. La miré unos segundos y ella volteó acomodando levemente su falda. «Volteó», pensé, quiere conocerme, pero es tímida, está invitándome a seguirla.

Con sigilo y una distancia prudencial, empecé a caminar detrás. Desde el instante en que la olí supe que la deseaba con mi vida. Era deliciosa. Su andar cadente, a pesar de su condición, era un deleite para los sentidos. No sabe que detrás alguien la mira excitado, sólo camina confiada en su rutina y en la oscuridad que habita en sus ojos.

Sus formas perfectas me invitan a poseerla de mil maneras en mi mente, huracán depravado de emociones violentas. Sus movimientos suaves y su olor a hembra en celo disparan imágenes en mi cabeza, logrando la implosión de mis bajos instintos. Sigo su sombra deslumbrado, sin distracción.

Aun no es tiempo, lo sé, pero la ansiedad apresura los pensamientos. Debo dejar que se aleje un poco más de las distracciones de la calle. Debo esperar a que llegue a un lugar donde nadie irrumpa mi deseo, donde nadie vea.

Mi cabeza imagina diferentes formas de atraparla para que no se asuste, para que entienda que actúo en respuesta a lo que me provocó su caricia en mi brazo, para que no intente escapar.

Sus manos acarician las paredes con gracia, corroborando un lugar de apoyo, una contención dentro de su mundo sin luz. Las paredes son testigos mudos de historias escritas en tinta invisible sobre el aire. Testigos perfectos para el testimonio implícito en cada calle. La noche oscura es cómplice. La farola de la esquina decidió no iluminar como si adivinara mi paso por este lugar. Por ahora soy palabras morbosas en mi cabeza. Mis instintos salvajes saltan para aferrarse a alguna superficie sostenible, pero los detiene una sombra advirtiendo que aún no es el momento.

Su bastón choca contra una piedra y frena, dubitativa, como queriendo adivinar algo. También freno y me deleito observando sus movimientos. No sé si piensa hacia donde seguir o intuye que algo va a suceder. Inhala y exhala logrando que su aliento penetre en mis sentidos. Tantea la piedra con el bastón y gira su cabeza hacia mí. Tal vez sabe que estoy, quizás intuye mi presencia. No puede olerme, porque la brisa viene a mí, me la acerca insistente. La ansiedad se apodera de mi carne porque sabe que todo es posible en esta noche de monstruos sueltos, de purgas sangrantes. Gira en un movimiento sensual: su cabello se mece sobre su espalda, esquiva la piedra y sigue caminando ingenua.

Soy frio y calculador, pero la sed de poseerla me está matando. Arde invadiendo todos los escondrijos de mi cuerpo y, mientras me quemo por dentro, la deseo terriblemente por fuera, pero ese maldito bastón me impide ir más rápido. Tiene vida propia, frena mis impulsos y arrebata el apuro insostenible de mi sexo.

La observo. Es admirable ver que ninguna pendiente es demasiado inclinada, ningún camino imposible, ninguna noche más negra que la que habita en sus ojos.

Contengo mi instinto salvaje en el límite de las fuerzas. El monstruo quiere soltarse, gruñe en mi interior y con zarpazos brutales convulsiona mis sentidos. Tiene un hambre voraz, pero ese maldito bastón…

Recuerdo la navaja en mi bolsillo y la preparo a mano. Apuro el paso. Cruzo para pasar desapercibido. Alcanzo su marcha y la supero. Diez metros delante de su paso, giro y regreso a su vereda. Ahora camino de frente: es perfecta. Con la mirada clavada en sus pechos con los pezones en punta, tengo un solo objetivo: lamerlos. No entiendo por qué mis ojos insisten en encontrar los suyos y distingo que sonríe. Dulcemente sonríe. ¿Por qué le sonríe a un monstruo que se está acercando?

Hundo la navaja desde la muñeca hacia el codo en mi brazo derecho y extraigo las venas de un tirón. Trago excitación y un dolor incomparable. Logro mantener controlado al engendro antes que salte.

Ella pasa a mi lado, ajena a la sangrienta escena, y dibujando una sonrisa me dice Buenas noches. Ahora soy yo el asustado, desangrándome presa del monstruo que debía dar el zarpazo. Con mi pecho palpitante, trastabillo y en un mareo repentino, la veo alejarse.

Conozco todos sus exteriores, imagino sus interiores y suspiro aliviado por una noche más en que logré vencer las imperfecciones de mis monstruos.

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