Estamos dentro

Relato bélico

Es de noche. Llegué hace un día, y me asignaron al frente. Mi escuadrón irá primero pero mi corazón le lleva ventaja. Tengo miedo. Alistarme al ejército no me hizo más valiente.

Salimos antes que el sol para posicionarnos tranquilos ante el enemigo. Jamás pensé tener enemigos sin nombre. Desconocidos.

No sé si me persiguen sombras o son los muertos que se quedaron en el campo de batalla enfrentando al silencio. El olor es nauseabundo: una mezcla ácida de orines, heces y sangre. Escucho que alguien vomita a lo lejos.

De pronto, los bombarderos resquebrajan la atmósfera. Estruendos, sonidos agudos quebrando el aire. Atino a agacharme ante la burla de los más viejos. Parecen bengalas iluminando el cielo, pero son misiles. La noche se vuelve naranja por un instante, como el cielo en Año Nuevo. Aquí no hay festejos. Los gritos surgen desde el fondo espeso donde Ares juega al ajedrez con el diablo.

Más gritos desmembrando el silencio. Más silencios exhumando cuerpos.

Morelli, el jefe de escuadrón, da la orden de avanzar hacia la próxima trinchera. Es alto, no sé si por eso se ubicó primero. O por su cargo. Mi cuerpo está frio por dentro. Mis pantalones mojados del miedo. Y no soy el único. Escucho chiflidos sostenidos en el aire. Silbidos que resquebrajan el cerebro. Mi compañero empuja brusco mi cabeza al suelo y trago tierra. Me salva de las balas que pasan rasantes.

Llegamos a la trinchera, pero no estamos a salvo. Rechiflan hasta el aturdimiento, penetrantes, insensibles. Los labios de Rossini dicen algo, pero no entiendo qué. No escucho. Trato de leerlos y siento un golpe hueco, algo estalla cerca de mí. Veo a Russo volar por el aire. Un soldado que no se despegaba de su lado, corre a rescatarlo. Equivocado. Cuando estalla una mina es indicio que el horror ha comenzado. Una sangrienta sucesión de fichas de dominó cayendo: la primera detonación mutila a un soldado, la segunda, a quien vaya a socorrerlo. Y así, sin descanso hasta acabar con todos en el suelo.

Estamos embellecidos de barbarie donde lo único que importa es llegar con vida al infierno.

Nos están atacando y mi escuadrón va perdiendo. Una lluvia de cuerpos cae del cielo. Imagen dantesca que ilumina mis ojos fijando la fotografía para el delirio del recuerdo.

No puedo ver claro. Mis compañeros corren entre una gran polvareda, pedazos de cuerpo y explosiones sordas. Muchas lágrimas caen impotentes. No sabía que los soldados lloran. Sigo corriendo para alcanzar la próxima trinchera. Rossini viene a mi lado. Agachado. Temblando. Tiene una granada en la mano y una M16 en la otra.

Esto es una orgía de sangre donde salir entero es la idea utópica.

«Mantente fuerte y sigue moviéndote. Sigue avanzando», dice una voz en mi cabeza. Seguro es el delirio de la supervivencia. Espejismos de abrir túneles bajo tierra para escapar sin que nadie llegue a darse cuenta.

Más de dos horas y el enemigo se duplica, se multiplica. Se divide mi escuadrón y restan mis fuerzas. Una bala alcanza la pierna de Rossini. Corre cojeando en busca de un refugio, una trinchera, pero no está cerca. Gira cansado y atormentado buscando mis ojos. Me encuentra y me acerco cuerpo a tierra. Huele a espanto. En la guerra no hay literas. Morelli fue asesinado de un disparo en la cabeza. Recojo su placa de identificación y la foto que se asoma en el bolsillo. Es de su hija pequeña. Sigo a Rossini y le informo:

Ha caído.

Estamos rodeados y siento que debo tomar el mando. Saco una ametralladora y comienzo a disparar a mis adversarios. Mis aliados se mueven al campamento. Estamos diezmados. Me quedo atrás para poder salvarlos. Moriré. De todos modos, ya estoy quemado. Mi destino está sellado. A esto he venido y con esto me iré. Si es que realmente un soldado se retira de una batalla.

A mi cabeza se acerca la idea de que mi cuerpo se irá dentro de una bolsa plástica. Con suerte.

Dejo de pensar estupideces y tanteo una granada en el bolsillo bajo de mi pierna izquierda. Regreso al instante en que Russo la guardaba, íbamos sentados en el Unimog, antes de salir al frente. Le saco el seguro como último recurso y la tiro con fuerzas contra el enemigo.

Es un placer sentir la lluvia de sangre bañar nuestro cuerpo cuando es sangre enemiga.

«Son hombres como yo», pienso mientras corro para alcanzar a lo que queda de mi escuadrón. No me arrepiento: son ellos o yo.

Ellos o yo.

Mi conciencia me aleja lentamente tratando de rescatar lo que era. Y comienzo a luchar de nuevo. Y así, día tras día, salir al frente de esta guerra.

Cuando la miseria es insoportable, llega la noticia, siempre tarde.

Nos retiramos soldado. Ha triunfado el enemigo. —dijo el Capitán. Miro atrás y no comprendo para que tanta muerte.

Una gran parte de mí se queda en este sitio.

«Cuanta muerte inútil, cuanto político soberbio. Con suerte quedaré lisiado para adornar el escenario, donde se regocijan lo hijos de puta que jamás fueron soldados, los que deciden luchar, pero nunca cambian de escenario. Olvidar es imposible cuando conoces los horrores más bajos del ser humano», pienso volando de regreso a casa.

En la base, juntando las pocas pertenencias que habia logrado recuperar, se acercó a despedirse el Capitán. Sus palabras quedaron tatuadas en mi mente y sé que siguen allí porque nunca dejaron de sangrar:

—Estamos dentro. El infierno sucedió soldado, sepa que para nosotros no ha terminado.

Este relato bélico forma parte de mi selección de relatos en el libro «Dentro de mi».

Es un relato que escribí hace mucho tiempo, diez años tal vez, o más. Estaba pensando en nuestros soldados de Malvinas mientras leía un ensayo de la gran diferencia que hubo entre el Ejército Inglés y el Ejército Argentino. Es imposible ponerse en la piel de una persona que vive tal barbarie. Lo que uno puede llegar a describir desde la distancia es apenas un grano de arena comparado con lo que viven dentro del infierno.

Y mientras miro los conflictos armados en Yemen, al cual la ONU clasificó como el de peor situación humanitaria del mundo; los conflictos en Etiopía, que comenzaron hace 16 meses y van dejando más de 900.000 personas muriéndose de hambre y sed; la locura de Ucrania, la guerra con más prensa que el resto y que está provocando una movilización internacional como pocas en las últimas décadas; la guerra civil de Siria que lleva más de una década, y tantas otras que siguen librándose por la insensatez de unos pocos, me pregunto nuevamente, como en tantos otros temas donde me sigo quedando sin respuesta: ¿HASTA CUÁNDO?

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