Insomnio

Los pensamientos me abruman en la noche, cuando el corazón duele y la confusión amenaza con acompañarme varias horas. Los ojos desorbitados buscan en la oscuridad una imagen que justifique este insomnio. La memoria roe incansable, buscando y machacando actos erróneos que lastimaron a seres importantes de mi vida. No hay vuelta atrás. A veces no.

Demasiado estancamiento hace morir el alma. Falta acción. Falta vida. Avanzo y retrocedo esperando un resultado que ni siquiera espero. Me aferro a lo que pueda venir. Tal vez cambie algo. Tal vez me diferencie del resto. Tal vez…  ¡Tal vez Nada!

Aparece la culpa, asomándose tímida desde un rincón. El perdón suele llegar tarde, incumplido como el núcleo que lo engendró. A lo lejos se escucha el martilleo constante del arrepentimiento que busca excusas donde ya no hay remedios. Una y otra vez golpeando en el cerebro, hasta romperlo.

Luego, un rato de silencio. Necesario para deglutir tanto lloriqueo.

Los pensamientos de ayer se volvieron más claros y aún más sombríos. Tan manchados de realidad que me transformo en una sobredosis de ensueño. Y soy todas las mitades que apenas contengo unidas en algo que no encuentro.

Los ojos siguen abiertos y la memoria se desvía hacia otro sendero, en busca de pensamientos que nos trasladan a errores evitables que nos partieron al medio. Vuelta atrás en el tiempo de los sentimientos. Comienza el juego de nuevo, hay que alimentar la culpa y acuchillar el remordimiento. Hurgar en las imágenes que quedaron tatuadas detrás del cerebro y reordenar ideas paridas sin más remedio. Puedo vivir en el desierto, entre los cadáveres de mis propios muertos, pero no sé sobrevivir a su amotinamiento. Desespero. Miro la cuerda y no es el momento.

El miedo a perderlo todo sin haber arriesgado nada. Mi cabeza guarda la esperanza de alguien que desee escuchar. Algún día. Alguna tarde. Alguna noche seguro, pero son mis monstruos siempre dispuestos a regañarme, a prestarme sus oídos nulos cuando llego al límite audible de mi cerebro. Siento que todo se desarma, se derrite, hasta tornarse indistinguible.

Los ojos siguen abiertos. El insomnio se ha recostado en el lado izquierdo. Trajo una mochila llena de tormentos que vació sobre mi cama y urge resolverlos. Muchos fantasmas se agolparon contra mí, deambulaban por mi casa antes de venir a increparme. Los reconozco. A veces ellos hablan por mí. Otras, yo hablo por ellos.

Acostumbrada a vivir en carne viva, no hay dolor que se apiade ni angustia que trague que pueda hacerme sufrir. El deseo de salvar esta noche y poder dormir, acaba de morir.

La memoria encuentra otro atajo para mantenerme despierta y el insomnio goza el triunfo con mis ojos entre sus manos.

Los ojos son los esclavos del cerebro. Y veo tantas sombras como necesito y creo, hasta hundirme en la impávida luz que refleja mis miedos, sucios e inseguros miedos, cambiando de lugar tu rostro por mis tormentos.

En voz alta pienso. En voz baja recuerdo. Y en silencio intento saltar a un abismo tan profundo como mi eterno cielo.

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