Tony y las moscas

Terror realista

Lo que más le molestaba era la cantidad de moscas que entraban.

A la casilla, en la que Tony vivía con su mamá, le faltaba el plástico en el hueco de la ventana. Era difícil respirar el aire que llegaba desde el basural. Sin embargo, él siempre la pasaba bien.

Un domingo jugaban con una pelota rescatada de la basura y cuando atajó el pelotazo de su mamá, tres moscas quedaron aplastadas entre su pequeña mano y el balón. Se miraron asqueados y estallaron en carcajadas. Le encantaba verla feliz.  Ella no reía muy seguido, entonces comenzó a correr mientras aplaudía para atraparlas. Carmen lo miraba expectante y se le ocurrió un juego mejor: se lamió las palmas, las apoyó sobre los restos de azúcar en la mesa, y se acostó en el piso con los brazos abiertos, cuidando de no tocar las paredes de chapa que hervían. Se quedó inmóvil mirando al techo, perdida en una nebulosa de pensamientos.

—¿Estás bien mamá? —preguntó mientras se recostaba a su lado.

—Todo bien, amor.

Se quedaron quietos. Muy quietos. A veces el hambre se confunde con el sueño. En poco tiempo el zumbido de las moscas despertó el juego. Revoloteaban sobre las manos, luchando contra el aire denso. El calor pegoteaba la poca ropa al cuerpo y la tierra del suelo imprimía dibujos macabros, desafiando al tiempo.

—¡Las atrapé malditas! —gritó su mamá tan fuerte que lo hizo sentar del susto.

Carmen se tapó la boca disculpándose por el efecto de su emoción.

—Perdón hijo, espanté las tuyas sin querer. Hoy están tontas, hace mucho calor, recostaste, yo te aviso.

Tony entreabría un ojo para espiarla, no le importaban tanto las moscas como ver una sonrisa en sus labios.

Pasó un minuto, tres, seis, hasta que dio la orden. Cerró fuerte los puños y sintió cómo esos pequeños cuerpos estallaban en sus manos. La sensación de los jugos cálidos logró llenarle de saliva la boca. Su vientre resonó como las moscas aplastadas y llegaron las náuseas. El juego le dibujó una sonrisa a su mamá, como a los payasos de la plaza.

—Podemos jugar todos los días hasta que no hayan más —dijo ilusionado. Carmen borró la sonrisa, se levantó y fue al catre.

Tony se lavó las manos en el balde de agua que usaban para asentar la tierra y dormir más frescos. Se limpió las piernas con un trapo húmedo y se acurrucó junto a ella.

Pronto llegarían las horas interminables. Perros hambrientos peleándose en el basural. Sirenas, policías y gritos se escuchaban en la oscuridad. Las caricias que su mamá le daba en la cabeza eran lo único que lograban hacerlo dormir.

Carmen se levantó temprano para ir a trabajar. El calor era insoportable. El olor ácido de los deshechos atascaba la nariz. Tony se levantó con ella, acomodó las tazas y con el mismo saquito de té, coloreó el agua. Partió en dos el pedazo de pan que quedaba.

—No hijo, voy a tomar el té solo.

—Come un pedacito mamá.

—Yo puedo comer en el trabajo, comelo vos.

—No me gusta quedarme solo.

—Lo sé, hoy es un día largo. Te traeré caramelos cuando vuelva.

En ese momento algunas moscas se posaron en el pedazo de pan. Carmen las miró fijo.

—Tengo una idea: cuando regrese te daré un caramelo por cada mosca que hayas atrapado.

—¡Si! ¡voy a atraparlas todas!

—No vayas a ninguna parte y si ves a alguien que quiera meterse le gritas a doña María —Lo besó en la frente y se marchó.

Tony acercó una silla a la pileta y lavó las tazas. Allí vio unos frascos vacíos y pensó: «voy a llenarlos de moscas».

El aire hediondo hacía difícil la respiración. Todo se tornaba viscoso. Dentro de la casilla el ambiente era óptimo para que Tony juntara muchos caramelos.

Lamió sus manitos, las apoyó sobre el líquido amarillento en el que se había convertido el azúcar y se acostó en el suelo.

Una, dos, diez moscas y seguían cayendo. Eran fáciles de atrapar. Sobrevolaban pesadas por lo que pudo juntar muchas, pero muchas moscas.

De a ratos escuchaba corridas y gritos. Agradeció que su mamá no se comiera el pedazo de pan. Bailaba y sonreía imaginándola feliz. Regresó al juego para sumar caramelos a su espera.

El tiempo pasaba lento. Estaba aburrido. Sabía que no podía salir de la casilla, pero quería traer la pelota. Se asomó y vio a los perros que se acercaban corriendo al basural. Otra vez las peleas y los ruidos que lo asustaban. El día comenzaba a apagarse. Otra vez los gritos y las sirenas. Se limpió las piernas con el trapo húmedo y se recostó en el catre. No tenía las manos de su mamá que apaciguaran los ruidos esa noche. Un ángel alivió sus pesadillas y le regaló caramelos de colores en sus sueños.

Solo lo acompañaban los zumbidos, cada vez más intensos, cada vez más cercanos. Eran la música que anunciaba el comienzo del día. Tenía transpirada la espalda. Salió rápido a hacer pis y vio un gato destrozado por los perros, lleno de moscas. Regresó y pasó la lengua sobre las migas que quedaban en la mesa. El aire pegajoso lo obligaba a rascarse la cabeza y los brazos hasta lastimarse. Se recostó otra vez. Esa mañana le pesaba el cuerpito un poco más. Las moscas se volvían borrosas y el zumbido, amigable.

Su barriga se estancó en un sonido grave. Se acercó a la bolsa donde guardaban los restos de otros días: vacía. Siguió sumando caramelos. Llenó otro frasco y le puso un pedazo de cartón para que no se escapen. Juntó muchas moscas, pero su mamá no regresaba.

Era la siesta y le dio sueño, entre el aire repugnante y los ruidos internos no podía dormir. Se sentó y miró hacia la mesa: había un caramelo verde brillante. Se acercó relamiéndose y lo atrapó. Cerró los ojos y abrió grande la boca. Sintió el crujir entre los dientes. Se chupó los dedos, entonces comió otro y otro y otra. Las atrapaba con la boca. Le gustaba el cosquilleo de sus alas en un revoloteo desesperado por escapar del hueco negro que les habia quitado todo.

No se detuvo. Necesitaba llenar las horas hasta su regreso. Necesitaba calmar el hambre de tantas horas.

Un fuerte retorcijón lo obligó a tirarse al suelo. Vomitó bilis y larvas. Su pequeño cuerpo había cambiado: un vientre prominente le impedía levantarse. Los zumbidos se escuchaban cada vez más cerca, no en su boca, tampoco en su vientre. Más adentro. Sentía que todo se resquebrajaba.

Había veneno en su sangre y ningún ángel que ahuyentara los ruidos tétricos de tanta oscuridad. Otro vómito y un millón de zumbidos lo acompañaron esa noche.

Doña María se acercó a la casilla, hacía rato que no veía al niño ni a su madre. El olor era peor que el del basural. Casi no pudo atravesar la puerta. Los frascos tirados en el suelo, orines y excremento invadidos por moscas, la silla chorreada con un vómito amarillento empujó su mirada hacia un bulto en el suelo. Una panza hinchada como si hubiera comido durante días era el preámbulo del asco que le trepaba por dentro: vio sus pequeños labios morados invadidos por larvas, algunos gusanos salían de su boca y una hilera de moscas observaban en el borde agrietado de su vientre. Y ese sonido que era peor que los ladridos de afuera, ese zumbido creciente que estallaba liberando gases, desde rincones profundos, tan profundos como el lugar donde habita el hambre.

Este relato pertenece a la antología «Dentro de mi», publicada en 2021.

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