Oscuridad intermitente

Afuera sopla un humo gris que enrosca el aire mientras aquí adentro se apaga la vida.

Tan pálida es la piel… tan ingenua, siempre a la espera de una caricia. La melodía de un piano suena a lo lejos transformando en eterna esa espera.

Me levanto de la cama con el camisón traslúcido y camino cadente. Hacia el piano. Encontrarme con sus manos es lo que vengo soñando. Mis piernas se enredan entre apuros y entusiasmo. La casa es tan grande que se agotan las fuerzas. Dieciséis habitaciones desde el dormitorio a la sala. Desde mi cama al piano. Pero siempre llego al mismo sitio y el piano está cerrado. Entonces recuerdo que la melodía quedó grabada en mi memoria aquella tarde de marzo.

Giro la cabeza y escucho el silencio vasto de los pasillos que es menor al silencio vasto de mi alma.

Una casa tan grande sin niños. Una casa tan grande sin vos. Una casa tan grande…

Pasillos de agonía perpetua han logrado descuartizar mi lógica escondiendo cada pedazo entre las sombras.

Me enfrento al espejo que me devuelve el inexorable paso del tiempo. Una imagen patética y desagradable. O era al revés. Ya no lo recuerdo.

Cada día es una fotocopia del anterior, en blanco y negro o negro y blanco. Da igual. La rutina tiene eso, siempre es la misma y no hay nada para incentivar un cambio.

No hay cambios.

Las ventanas estúpidas insisten en hacer entrar el sol. No saben que el sol ha muerto el mismo día que mis niños y lo enterré junto con ellos para que no pierdan calor. Debajo de la tierra es frío y las madres arropamos con todo para abrigarlos. ¡Y qué mejor que el sol!

Por las escaleras subo y bajo descalza, incontables veces buscándolos. Algunos días se esconden de mí, de mi memoria. Escucho sus gritos a lo lejos, escucho sus risas, pero siempre juegan a las escondidas. Algunos días regresan burlándome y me regalan sonrisas. Algunos días me sorprenden con dibujos de colores bajo mis sienes. Algunos días son más fáciles de atravesar que otros. Algunos días recuerdo el coche, la sangre y los vidrios rotos.

Las tardes son inagotables fuentes de lágrimas y el tiempo se entretiene conmigo disfrazando cada hora de eternidad. Entonces me regala tardes que son siglos y se me agotan el llanto y los suspiros.

Odio los suspiros porque me recuerdan que el aire sigue entrando a mi cuerpo y ya no hay por quién respirar.

El vacío de mis manos es intrínseco. De haberme percatado antes…

Hubo un tiempo en que no me detenía a verlos, no los detectaba. Ellos me llamaban para dibujar o para hacer un picnic en el patio de atrás. Antepuse obligaciones, pospuse sentimientos y quedaron momentos sin hacer, momentos postergados. Mañana, les decía, hoy no tengo tiempo. Siempre era mañana y el tiempo llegó primero.

Cada tanto me desconecto. Cierro las cortinas de toda la casa para acelerar el momento. No enciendo luces, no es necesario, los miedos huyeron descalzos con los fantasmas.

 Tan pálida es la piel… me he quitado toda la sangre para percibir el alivio. En una oscuridad intermitente encontré refugio y pude restablecer lo intangible.

He tenido más primeros planos con la muerte que con el espejo. La agonía es la tinta en mi corazón y tiñe el hilo defectuoso con el que estoy cosiendo patrones de angustia en el silencio enmarañado de esta noche.

Desangrar adormece suave, lento.

Me encuentro en el reflejo odiando cada sombra que muerde la imagen.

No entiendo a los rayos de luz que murmuran nimiedades mientras mis párpados pelean entre cerrar y no cerrarse.

Siento que estoy cerca, escucho a los niños correr por el jardín y tu risa me invita dulce a sentarme a tu lado mientras tus manos se desplazan de nuevo por el teclado.

8 comentarios sobre “Oscuridad intermitente

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  1. Hace mucho tiempo que leo y ya debería haberme acostumbrado, pero cuando una historia me sabe a tristeza y además está escrita con un impecable y conmovedor estilo, me puede sumergir en una total desolación. Un temblor de siglos en unos minutos de lectura, en unos minutos de reflexión amarga.

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      1. Te entiendo, Vecca. La escritura es un vicio solitario, alejado de todo afán de gregarismo, donde la persona vale lo que valen sus letras, y en cuya concepción –la de la escritura– se rescata a sí misma. Feliz miércoles.

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